Santoral del Diaconado
Enero
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SANTORAL DIACONAL ENERO

ENERO 1º.

SAN CONCORDIO  Mártir (178)
En el reinado de Marco Aurelio, el subdiácono Concordio fue aprehendido en el desierto.  Ante su juez Torcuato,
gobernador de Umbría, que residía entonces en Espoleto, nuestro mártir no sucumbió ni a las promesas, ni a las
amenazas. Apaleado en el primer interrogatorio y descoyuntado en el potro en el segundo, Concordio  cantaba
gozosamente en medio de sus tormentos: “¡Gloria a ti Señor Jesús!”.  Tres días más tarde, Torcuato dio la orden de
decapitarle, si no ofrecía  sacrificios a un ídolo que un sacerdote, acompañado por dos soldados, debía presentarle en
su prisión. El santo mostró su indignación escupiendo al ídolo; acto seguido, uno de los soldados lo decapitó.

Ver sus actas en Acta Sanctorum, 1º. De enero; Tillemont, Mémoires vol II, p. 439

ENERO 13

SAN HERMILO  Mártir (315 p.c.)
La leyenda más difundida sobre este santo sitúa su martirio en Singidunuim, cerca de Belgrado, bajo el emperador
Liciano.
De Hermilo se dice que era diácono. Fue detenido bajo la acusación de ser cristiano, y enviado a prisión con las mejillas
destrozadas. Allí le visitó y consoló un ángel.  Conducido después delante del emperador, seis hombres lo azotaron con
varas, sin que pareciera sentir dolor. En el tormento, dirigió a Dios una oración, a la que respondió una voz del cielo,
prometiéndole el triunfo al cabo de  tres días. Mientras entraba en la prisión, entonó el salmo Dominus Illuminatio mea, al
que hicieron eco unas voces celestiales. Al día siguiente le infligieron nuevos suplicios, durante los cuales no cesaba de
cantar su felicidad.
Con todos estos prodigios, el carcelero e la prisión, l llamado Estratónico, fue ganado para la fe.  Denunciado al
emperador, fue condenado a los azotes con varas. Encerrado en la prisión, oyó la voz milagrosa que le prometía el
triunfo para el día siguiente.  Por última vez, Hermilo compareció ante el juez y sufrió nuevos suplicios; y al fin, él y
Estratónico fueron envueltos en una red y arrojados al río Danubio.
Tres días más tarde, los cueros fueron encontrados en la orilla del río. Los fieles los recogieron y los depositaron en un
lugar que está a dieciocho estadios de Singidunum . Los dos nombres están inscritos en los menologios griegos, el 13
de enero. Estratónico tenía una iglesia en Constantinopla, cuya fundación se atribuye a San Marciano. Entre los latinos
se encuentran los dos nombres, inscritos el 13 de enero, en las adiciones de Molano al Martirologio de Usuardo, y de
aquí han pasado al Martirologio Romano.

El P.H. Delahaye en Saints de Thrace et de Mysie, anal, boll., vol XXXI (1912), 255, declara que la pasión de estos
santos no fue escrita antes del siglo VI; los únicos datos históricos que pueden retenerse son los nombres de los
mártires y la localización del santuario de Singidanum.  Sobre su culto, consúltese Delahaye, Les origines du culte des
martyrs, Bruselas, (1912, p. 274 y 282)

ENERO 16

SAN TICIANO
Ticiano nació en Heraclas, a orilla del mar Adriático. Su educación quedó al cuidado del obispo de Oderzo, Florián,
quien le ordenó diácono y le encargó el cuidado de los pobres.
Floirán tuvo que ir a tratar un negocio a la corte. Reunió a los fieles de su iglesia y les ordenó elegir otro obispo para el
caso de que él no regresar al cabo de un año.  Partió y, deseoso de encontrar el martirio, se puso a predicar el
Evangelio en otras regiones.   No regresó, en efecto, sino al cabo de un año, cuando, ya de común acuerdo, los fieles
habían elegido a Ticiano como obispo, Este, al conocer el regreso de Florián, fue a suplicarle que volviera a asumir las
funciones de su cargo,  Pero Florián prefirió retornar a sus misiones evangélicas.

En cuanto a Ticiano, administró santamente la diócesis y se durmió en el Señor, después de una vida llena de méritos,
La sede de Oderzo fu fundada probablemente a fines del siglo IV, lo que colocaría a Ticiano, patrón de la diócesis, en el
siglo V. La ciudad fue destruida y la sede se trasladó a Ceneda, en el siglo VIII. Allí se trasladó también el cuerpo de
Ticiano, patrón, desde entonces muy venerado, de Ceneda.
Del martirologio de Usuardo y de otros, el nombre ha pasado al Martirologio Romano, el día 16 de enero.

Acta sanctorum, 16 de enero

ENERO 16

SAN SABINO
Las cartas de San Ambrosio a San Sabino dan testimonio de la estrecha amistad que unía a los dos obispos, así como
de la gran fama de San Sabino, ya que en una de sus cartas San Ambrosio le pide su opinión sobre algunos tratados
que le había enviado.  San Sabino asistió al Concilio de Aquileya contra los arrianos, en 381, y al Concilio de Milán
contra Joviniano, nueve años más tarde.  Probablemente nuestro santo se identifica con Sabino, el diácono de Milán, q
quien el Papa San Dámaso envió al oriente con motivo de los disturbios producidos por lo arrianos en Antioquía.  San
Gregorio nos ha transmitido la leyenda según la cual, San Sabino modificó el curso desastroso de una corriente,
escribiendo una orden y arrojándola al río Po.  Las aguas obedecieron volviendo a su cauce normal. Se dice que San
Sabino murió el 11 de diciembre de 420.

Ver acta Sanctorum, 17 de enero.

ENERO 22

SAN VICENTE
San Valerio, obispo de Zaragoza, instruyó en las ciencias sagradas y en la piedad cristina a este glorioso mártir.  El
mismo obispo le ordenó diácono para que formara parte de su séquito, y le encargó de instruir y predicar al pueblo, a
pesar de que era todavía muy joven.  El cruel perseguidor Daciano era entonces gobernador de España.  El año 303,
los emperadores Diocleciano y Maximiano publicaron su segundo y tercer edicto contra el clero, y el año siguiente lo
hicieron extensivo a los laicos.  Parece que poco antes de la publicación de dichos decretos, Daciano hizo ejecutar a los
dieciocho mártires de Zaragoza, de los que hacen mención Prudencio y el Martirologio Romano (16 de enero), y arrestó
a Valerio y a Vicente.  Estos dos mártires fueron poco después trasladados a Valencia, donde el gobernador les dejó
largo tiempo en la prisión, sufriendo hambre y otras torturas.  El procónsul esperaba que esto debilitaría la constancia
de os testigos de Cristo.  Sin embargo, cuando comparecieron ante él, no pudo menos de sorprenderse al verles tan
intrépidos y vigorosos, y aun castigó a los soldados por no haberles tratado con el rigor que él había ordenado.  El
procónsul empleó amenazas y promesas para lograr que los prisioneros ofrecieran sacrificios a los dioses.  Como
Valerio, que tenía un impedimento de la lengua, no pudiese responder.  Vicente dijo: “Padre, si me lo ordenas yo
hablaré”.  “Hijo mío-le contestó Valerio-, yo te he confiado ya la dispensación de la divina palabra, y ahora te pido que
respondas en defensa de la fe por la que sufrimos”.  El diácono informó entonces al juez que estaban dispuestos a
sufrirlo todo por Dios y que no se doblegarían, ni ante las amenazas, ni ante las promesas.  Daciano se contentó con
desterrar a Valerio, pero decidió hacer flaquear a Vicente valiéndose de todas las torturas que su cruel temperamento
podía imaginar. San Agustín nos asegura que Vicente sufrió torturas que  ningún hombre hubiera podido resistir sin la
ayuda de la gracia, y que, en medio de ellas, conservó un paz y tranquilidad que sorprendió a los mismos verdugos.  La
rabia del procónsul se manifestaba en el rictus de su boca, en el fuego de sus ojos y en la inseguridad de su voz.
Vicente fue primero atado de manos y pies al potro, y ahí le desgarraron con garfios.  El mártir, sonriente, acusaba a sus
verdugos de debilidad, lo cual hizo creer a Daciano que no atormentaban suficientemente a Vicente; así pues, mandó
que le apalearan. Esto en realidad dio un respiro al santo, pero sus verdugos volvieron pronto a la carga, resueltos a
satisfacer la crueldad del procónsul. Sin embargo, cuanto más le torturaban los verdugos, tanto más le consolaba el
cielo. El juez, viendo correr la sangre a chorros y el lastimoso estado en que se hallaba el cuerpo de Vicente, no pudo
menos de reconocer que el valor del joven clérigo había vencido su crueldad.   En seguida ordenó que cesara la tortura
y dijo a Vicente, que si no había podido inducirle a sacrificar a los ídolos. Por lo menos esperaba que entregaría éste las
Sagradas Escrituras a las llamas, para cumplir el edicto imperial.   El mártir contestó que tenía menos miedo de los
tormentos que de la falsa compasión. Daciano, más furioso que nunca, le condenó a lo que las actas llaman “quaestio
legitima” (“la tortura legal”), que consistía en ser quemado sobre una especie de parrilla. Vicente se instaló
gozosamente en la reja del hierro, cuyas barras estaban erizadas de picos al rojo vivo.  Los verdugos le hicieron
extenderse y echaron sal sobre sus heridas. Con la fuerza del fuego, la sal penetraba hasta el fondo.  San Agustín dice
que las llamas, en vez de atormentar al santo, parecían infundirle nuevo vigor y ánimo, ya que Vicente se mostraba más
lleno de gozo y consuelo, cuanto más sufría.  La rabia y confusión del tirano fue increíble; perdió totalmente el dominio
de sí mismo y preguntaba continuamente qué hacía y decía Vicente; pero la respuesta era siempre que el santo no
hacía más que afirmarse en su resolución.
Finalmente, el procónsul ordenó que echaran al santo en un calabozo cubierto de trozos de vidrio, con las piernas
abierta y atadas a sendas estacas, y que le dejaran ahí sin comer y sin recibir ninguna visita.  Pero Dios envió a sus
ángeles a reconfortarle.  El carcelero, que vio a través de la rejilla el calabozo lleno de luz y a Vicente paseándose en él
y alabando a Dios, se convirtió súbitamente al cristianismo.  Al saberlo, Daciano lloró de rabia; sin embargo ordenó que
se diese reposo al prisionero.  Los fieles fueron a ver a Vicente, vendaron sus heridas y recogieron sus sangre como
una reliquia.  Cuando le depositaron en el lecho que le habían preparado, Vicente entregó su alma a Dios.  Daciano
ordenó que su cuerpo fuese arrojado en un pantano, pero un buitre le defendió de los ataques de las fieras y aves de
presa.  Las “actas” y un sermón atribuido a San León añaden que el cadáver de Vicente fue entonces arrojado al mar,
pero que las olas lo devolvieron a la playa, donde lo recogieron dos cristianos, por  revelación del cielo.
El resto de las traslaciones y la difusión de las reliquias de San Vicente es muy confusa y poco fidedigno.  Se habla de
sus reliquias no sólo en Valencia y Zaragoza, sino también en Castres de Aquitania, en Le Mans, en París, en Lisboa,
en Bari y en otras ciudades.  Sí es absolutamente cierto que su culto se extendió muy pronto por todo el mundo cristiano
y llegó hasta algunas regiones del oriente. La misa del rito milanés le nombre en el canon. El emblema más
característico de nuestro santo en las representaciones artísticas más antiguas es el buitre, representado en algunas
pinturas sobre una roca.  Cuando se trata de una pintura que representa a un diácono revestido con la dalmática y que
lleva una palma en la mano, es imposible determinar si se trata de una imagen de San Vicente, de San Lorenzo o de
San Esteban.  En Borgoña, se venera a San Vicente como patrono de los cultivadores de la vid.  Ello se debe
probablemente, a que su nombre sugiere cierta relación con el vino.

Alban Butler bas principalmente su relato en la narración del poeta Prudencio (Peristephanon 5). Aunque Ruinart incluye
las “actas” de San Vicente entre su Acta Sincera, es evidente que el compilador, que vivió probablemente varios siglos
después de los hechos, dejó en ellas libre curso a su imaginación, sin embargo, San Agustín dice en uno de sus
sermones sobre el santo que él ha manejado las actas, lo cual induce a suponer que el resumen mucho más conciso de
Analecta Bolandiana (vol. I, 1882, pp-259.262) representa en sustancia el documento al que se refiere San Agustín. De
lo que estamos absolutamente ciertos es del nombre de San Vicente, del sitio y la época de su martirio, y del lugar de su
sepultura.  Ver P. Allard, Historie de persécutions, vol. IV, pp.- 237-250; Delehaye, Les origines du culte des martyrs
(1933), pp. 367-368; H. Leclercq, Les martyrs, vol. II, pp. 437-439; Römische Quartalschrift, vol. XXI (1907), pp. 135-
138.  Existe un buen resumen histórico, el de L. Lacger, St. Vincent de Saragosse (1927);    y un estudio de us “pasión”
por la marquesa de Maillé, Vincent d´Agen et Vincent de Saragosse (1949); sobre este último,  cf. los diferentes estudios
de Fr. B. De Gaiffier, en Analecta Bollundiana. Sobre el  obispo San Valerio, ver Acta Sanctorum, 28 de enero.
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