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SANTORAL DIACONAL DICIEMBRE

DICIEMBRE 11

S. DAMASO.  PAPA  (384)

Historia de un  Diácono que a los sesenta años de edad fue elegido Papa. Véase las vicisitudes que tuvo que sortear.

El Liber Pontificalis afirma que San Dámaso era español. Tal vez era de origen español, pero, según parece, nació en Roma, donde su padre era sacerdote.  San Dámaso, que no se casó nunca, llego a ser diácono de la iglesia de su padre.  Cuando murió el Papa Liberio en 366, Dámaso fue elegido obispo de Roma, a los sesenta años de edad, aproximadamente.  Su elección estuvo lejos de ser unánime, ya que una minoría eligió a otro diácono llamado Ursino o Usicinio y defendió su candidatura con gran vehemencia.  Según parece, el poder civil sostuvo a Dámaso con no menor apasionamientos (Butler afirma que empleó “procedimientos bárbaros”); pero Rufino, contemporáneo de San Dámaso, demuestra que éste no tuvo nada que ver en ello. Los partidarios del antipapa no se calmaron del todo; en efecto, el año 378, San Dámaso fue acusado por ellos de incontinencia y tuvo que justificarse ante el emperador Graciano y ante un sínodo romano.
El Historiador pagano Amiano Marcelino afirma que el modo de vida de los prelados romanos constituía una tentación para los ambiciosos y dice que hubiesen hecho bien en imitar la sencillez del clero de las provincias. Es indudable que, en tiempos de San Dámaso, se procedía con cierta pompa en la corte pontificia, pues. Según cuenta San Jerónimo, un pagano llamado Pretextato, que era senador romano, dijo al santo: “si me haces obispo de Roma, me convertiré mañana mismo al cristianismo”:  Esta observación de un pagano prueba cuán necesaria es la moderación a quienes desean dar testimonio del espíritu evangélico.  Como quiera que sea, esta crítica no se aplica a San Dámaso, ya que San Jerónimo, que fue su secretario y le conocía bien, ataca severamente el lujo de ciertos prelados en Roma y no habría dejado de mencionar al Papa si le hubiese creído culpable de la misma falta.  Lo cierto es que las críticas de San Jerónimo eran tan justificadas que, el año 370, Valentiniano prohibió a los miembros del clero que indujesen a las viudas y huérfanos a que les hiciesen regalos o les dejasen legados.  San Dámaso aplicó estrictamente ese decreto.
El santo Pontífice tuvo que combatir varias herejías. Pero el año 380, Teodosio I en el oriente y Graciano en el occidente proclamaron que el cristianismo, tal como lo practicaban los obispos de Roma y Alejandría, era la religión del Imperio. Además, Graciano, atendiendo a la petición  de los senadores cristianos apoyados por San Dámaso, suprimió el altar de la Victoria en el senado  y renunció al título de Pontífice Máximo.  Al año siguiente,  se reunió el segundo Concilio Ecuménico (primero de Constantinopla) y el Papa envió representantes. Pero de todos los actos de San Dámaso, el más benéfico y cuya influencia se deja sentir todavía en nuestros días, fue el haber patrocinado los estudios bíblicos de San Jerónimo, que culminaron con la traducción conocida con el nombre de “Vulgata”. San Jerónimo cuenta que San Dámaso era versado en las Escrituras, “un doctor virgen de una Iglesia virgen”.  Teodoreto dice que “fue ilustre por la santidad de su vida y estaba siempre pronto a predicar y a hacer cualquier cosa en defensa de la doctrina apostólica”.
También se recuerda a San Dámaso por su solicitud hacia las reliquias y sepulcros de los mártires.  A él se debieron el descubrimiento y el ornato de varias catacumbas, y tanto el cristiano piadoso como el historiador y el arqueólogo  le admiran por las inscripciones que mandó poner en ellas.  Se conservan muchas de esas inscripciones que mandó poner en ellas. Se conservan muchas de esas inscripciones y epigramas, ya sea en el original, ya sea en reproducciones.  Una de las más famosas es la que nos dice cuanto sabemos sobre San Tarsicio. San Dámaso murió el 11 de diciembre de 384, cuando contaba unos ochenta años. Él mandó poner en la “cripta pontificia” del cementerio de San Calixto un epitafio genérico, que termina así: “Yo, Dámaso, hubiese querido ser sepultado aquí; pero tuve miedo de ofender a las cenizas de los santos”.
Así pues, fue sepultado, junto con su madre y su hermana, en una iglesia que él mismo había construido en la Vía Ardeatina. Uno de los epitafios que se conservan, es precisamente el que San Dámaso escribió para su propia tumba; en él hace un acto de fe en la resurrección de Cristo y en la suya propia: “El que anduvo sobre las aguas y calmo la tempestad, el que da vida a las semillas de la tierra, el que rompió las cadenas de la muerte y, al cabo de tres días de oscuridad, fue capaz de hacer volver al mundo superior al hermano de Marta”: Él mismo hará que Dámaso resucite del polvo.

No hay ninguna biografía propiamente dicha de San Dámaso entre las obras antiguas; lo más digno de mención es el artículo del Liber Pontificalis (véase la edición de Dúchense vol. I, pp. 212 ss, prefacio y notas). La principal fuente sobre el santo es su correspondencia, así como los epitafios que compuso y las escasas alusiones a èl que se encuentran en las obras de historia eclesiástica y secular.  El prólogo del Libellus Precum (Migne, PL., vol. XIII,cd. 83-107) es una maliciosa sátira compuesta por los enemigos de San Dámaso.  La edición más conocida de los epitafios es la de Ihm (1895); pero véase también E. Schâfer, Die Bedeutung der Epigramme des Papstes Damsus fûr die Geschichte der Heiligenverehrung (1932). Entre las contribuciones más importantes al estudio de San Dámaso, hay que mencionar las obras de M. Rade, Damasus Bischof von Rom (1882); J. Wittin, Papst Damaus I (1912); O. Marucchi, II Pontificato del Papa Damaso (1905); y J. Vives, Damasiana, en la colección Gesammelte Aufsäze zur Kultugeschichte Spaniens (1928). Véase  también Dúchense, History of the Early Church (1912), vol. II, y el artículo de DAC., vol. IV, cc.145-197, en el que hay una bibliografía muy amplia.  En CMH (pp 643-644) hay referencias muy útiles particularmente por lo que toca al sitio de la sepultura de este Pontífice. Existe una excelente edición reciente de los epigramas, hecha por el P. Antonio Ferrua, titulada Epigrammata Damasiana (1942).

DICIEMBRE 26

SAN ESTEBAN: PROTOMÁRTIR 

Está fuera de toda duda que Esteban era judío y, muy probablemente, un helenista de la Dispersión que hablaba el griego.  Su nombre proviene del griego Stephanos, que significa “corona”.  Desconocemos por completo las circunstancias de su conversión al cristianismo. San Epifanio dice que Esteban fue uno de los setenta discípulos del Señor, pero es improbable.   La primera referencia que se hace de Esteban en el libro de los Hechos de los Apóstoles, surge al abordar el tema de que entre los numerosos convertidos judíos, los helenistas murmuraban contra los hebreos y se quejaban de que a las viudas de los helenistas se las discriminaba en el diario reparto de los bienes de la comunidad.  Con ese motivo, los Apóstoles reunieron a los fieles y les advirtieron que  no debían descuidar los deberes de la predicación y la plegaria para atender a la distribución de alimentos; asimismo, les recomendaron que eligiesen a siete hombres de irreprochable conducta, llenos del Espíritu Santo y de reconocida prudencia, para que administrasen el reparto de los bienes comunes.  La recomendación fue aprobada y las gentes eligieron a Esteban, “un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo”, a Felipe, a Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y a Nicolás, un prosélito de Antioquía.  Aquellos siete les fueron presentados a los Apóstoles, quienes les impusieron las manos y, de esta manera, los ordenaron como a los primeros diáconos.
“Y la palabra del Señor se difundió y el número de los discípulos se multiplicó extraordinariamente en Jerusalén; también gran número de entre los sacerdotes se sometieron a la fe. Y Esteban , lleno de gracia y de fortaleza, obró grandes maravillas y señales entre el pueblo”.  Al hablar, lo hacía con un espíritu tan vehemente y con tanta sabiduría, que sus oyentes no podían resistir a sus llamados y, al ver la influencia que ejercía sobre el pueblo, los ancianos y jefes de algunas de las sinagogas de Jerusalén, fraguaron una conspiración para perderle. Al principio, los conspiradores decidieron entablar disputas con Esteban, pero al verse incapaces para derrotarlo en aquel terreno, recurrieron al soborno de testigos falsos que le acusaron de blasfemia contra Moisés contra Dios. El proceso se estableció en el Sanedrín y ante este tribunal fue citado Esteban. El cargo principal en contra suya consistía en que había dicho y afirmado que el templo sería destruido y que las tradiciones mosaicas no eran más que sombras de normas inaceptables para Dios, puesto que Jesús de Nazaret las había substituido por otras nuevas.  “y todos cuantos se hallaban en el Sanedrín le miraron y advirtieron que su rostro era como el de un ángel”.  Entonces se le dio permiso para que hablase y, por  medio de una extensa perorata en su defensa, reproducida en los Hechos VII 2-53, demostró que Abraham, el padre y fundador de su acción había dado testimonio y recibido los mayores favores de Dios en tierra extraña, Que a moisés se le mandó hacer un tabernáculo, pero se le vaticinó también una nueva ley y el advenimiento de un Mesías, que Salomón construyó el templo, pero nunca imaginó que Dios quedase encerrado en casas hechas por manos de hombres.  Afirmó que tanto el templo como las leyes de Moisés eran temporales y transitorias y deberían ceder el lugar a otras instituciones mejores, establecidas por Dios mismo al enviar
al mundo al Mesías.  Esteban puso término a su discurso con una amarga invectiva. “¡Sois duros de corazón e incircuncisos de corazones y de oídos!”, les dijo. “Siempre resistís al Espíritu Santo, como lo hicieron vuestros padres. ¿Qué profeta hubo al que no persiguiesen vuestros padres? Y mataron a los que de antemano anunciaron el advenimiento del justo, del cual ahora vosotros os hicisteis traidores y asesinos, vosotros que recibisteis la ley como mandato de ángeles y no la guardasteis”.
Toda la asamblea se estremeció de rabia al oír las palabras de Esteban, mas como él estuviese lleno del Espíritu Santo, no hizo más que levantar los ojos al cielo, vio la gloria de Dios y al Salvador de pie a la derecha del Padre y dijo a los del Sanedrín: “he aquí que contemplo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios”.  Y ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos y, como de común acuerdo, se precipitaron con el mismo furor con él.  A empellones, le sacaron fuera de la ciudad para apedrearle.  Los testigos dejaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo. Entonces apedrearon a Esteban que imploraba y decía: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”.  Al caer sobre sus rodillas, clamó con fuerte voz: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”: Y al decir esto descansó en paz”.
Las referencias que se hacen a los testigos requeridos por la ley de Moisés y todas las circunstancias del martirio, muestran que la lapidación de San Esteban no fue un acto de violencia de la multitud, sino una ejecución judicial.  De entre los que estaban presentes y “consentían en su muerte”, sólo uno llamado Saulo, el futuro Apóstol de los Gentiles, supo aprovechar la semilla de sangre que sembró aquel primer mártir de Cristo.  “Llevaron a enterrar a Esteban hombres piadosos e hicieron gran duelo sobre él”, dicen para concluir los Hechos de los Apóstoles.  El hallazgo de los restos de Esteban por el sacerdote Luciano en el siglo quinto, se relata en el artículo relacionado con ese suceso en esta obra, bajo la fecha del 3 de agosto.

Por supuesto que no tenemos a ningún dato sobre la vida de San Esteban, fuera de los que nos suministra el Nuevo Testamento. Pero en relación con la fiesta y el culto del protomártir, el lector puede consultar el CMH y el Chritian Woship de Dúchesne, pp.265-268. Desde antes de que terminara el siglo cuarto, tanto en el oriente (como lo demuestran aun para Siria las Apostolic Constitutions, vol. 33) como en el occidente, a San Esteban se le conmemoraba el 26 de diciembre.  Pero no hay ninguna razón que  nos explique por qué se eligió precisamente ese día desde una fecha tan remota.  El antiguo culto a Esteban en Jerusalén ha sido ampliamente discutido por el cardenal Rempolla en Santa Melania Giuniore, pp 271-280.  Sobre las representaciones de San Esteban en el arte, las creencias y devociones populares relacionadas con su fiesta en ese día, véase la Ikonographie de Künstle, vol. II pp 544-547, el Lexikon für Theologie und Kirche, vol. IX, cc.796.799 y el DAC de Leclerecq, vol. V,cc 624-671.


Es el “Protomártir del Cristianismo”.  Y bastaría con este honroso título para ser celebrado como hace la liturgia en el día más próximo a Jesucristo, por quien derramó generosamente su sangre.
El Maestro lo había dicho: “Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”. “Bienaventurados seréis cuando os persigan y calumnien y os lleven a los tribunales por mi causa”. Esteban recitaba continuamente estas palabras del Señor... Y también aquellas otras:  “os entregarán a los tribunales y a las sinagogas y los azotarán,... y creerán que hacen un servicio cuando os maten”.
San Lucas nos ha dejado unas páginas maravillosas de la personalidad y martirio de nuestro Santo: “Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo”.  Era el principal de los siete diáconos elegidos por los Apóstoles para que encargaran de la parte material de la naciente Iglesia. Ellos eran los responsables de la limosna para atender a los pobres, a las viudas y a los huérfanos, sobre todo Esteban se distinguía entre todos los demás por su gran corazón y por los prodigios que el Señor Jesús obraba por su medio.
Era natural que los enemigos del Nazareno quisieran quitárselo de en medio, ya que les resultaba demasiado molesto.  Por ellos diversos  grupos se confabularon en esta común empresa, pero entre todos no podían hacerle callar, ya que “era extraordinaria la sabiduría y el espíritu con que hablaba”: “¿Qué hacer? Recurrir a la calumnia como hicieran unos años antes contra el Maestro: “Habla mal contra moisés y los Profetas... No para de hablar contra el pueblo y la ley”.
Lo cogieron preso y lo llevaron ante el Sanedrín. Al verlo, todos quedaron sobrecogidos  de los rayos de luz que salían de su rostro. Parecía “el de un ángel”. El sumo sacerdote le preguntó: “”Esteban ¿es verdad lo que éstos dicen contra ti?” y con enorme valentía contestó Esteban: “Padres y hermanos, escuchad” y les indicó que era judío como ellos, que amaba a su pueblo como ellos o más que ellos, pero que sobre aquel amor estaba la verdad.   Le hizo un recuento rápido de la historia de Israel, que era la historia del amor de Dios para con su pueblo, pero que ahora había sido todo coronado por medio de la venida del Mesías anunciado y esperado, y con gran valentía, les dice sin miedo: “¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos!... Ahora vosotros habéis perseguido y asesinado al Justo.  Recibisteis la ley por manos de los ángeles y o la habéis observado”.  Esteban lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús al pie a la derecha de Dios y dijo:  “Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre al pie de la derecha de Dios”.
“Dando un grito estentóreo se taparon los oídos y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos, dejando sus ropas a los pies de un joven llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: “Señor, no les tengas en cuentas este pecado”. Y con estas palabras, expiró”.
Buen testamento para toda la posteridad éste de Esteban: Sus palabras eran una repetición de las del Maestro. Su gesto generoso, también. A Esteban le seguirían legiones de niños, jóvenes, hombres y mujeres de toda raza y nación que sellarán su amor a Jesucristo siguiendo el ejemplo de este intrépido protomártir.

LA MUERTE DE SAN ESTEBAN

A los primeros conatos violentos por contener los progresos del cristianismo siguió un corto periodo de relativa paz y bonanza. Los sanedritas, siguiendo el consejo de Gamaliel, trataron de desentenderse de los discípulos del Crucificado. Estos, en cambio, continuaban haciendo nuevos adeptos.
El nombramiento de los siete diáconos dejó a los apóstoles más libres para dedicarse por entero a la predicación. Esta se intensificó más todavía y como dice en los Hechos (6,7):
“la palabra de Dios iba fructificando y multiplicándose sobremanera
el número de los discípulos en Jerusalén, y sujetábanse también
a la fe muchos sacerdotes”.
Esto dio ocasión a un conflicto sangriento, que puede considerarse como la primera persecución propiamente tal.  En efecto, uno de los nuevos diáconos, ESTEBAN, hombre de espíritu abierto y bien instruido, se sintió movido de Dios y comenzó a predicar con una vehemencia arrebatadora.
Se dirigía particularmente a los judíos libertos, es decir, los descendientes de aquellos judíos conducidos al cautiverio por Pompeyo y que, habiendo sido puestos en libertad, volvían a Jerusalén, otras ciudades extranjeras. Dios puso en su boca palabras de fuego y obró por sus manos estupendos prodigios, con todo lo cual el éxito fue extraordinario
Más lo característico de su predicación fue, por un lado, la exaltación vehemente de Cristo como Mesías, en conformidad con la doctrina de los apóstoles, y por otro lado la independencia con la doctrina de los apóstoles, y por otro lado la independencia de la antigua ley.  Más aun, llevado del entusiasmo, presentaba directamente a Cristo como superior a Moisés, el templo como un elemento accidental del culto, que podía destruirse sin que desapareciera el verdadero servicio de Dios, y sobre todo la ley como algo transitorio, que había sido reemplazada por la doctrina de Cristo.
Esta doctrina, toda ella implica en la predicación de los apóstoles, que se daba en el mesianismo de Cristo, mas propuesta ahora con la elocuencia de Esteban, levantó una terrible tempestad de indignación entre los rabinos y judíos de Jerusalén.
Aquella ideología echaba por los suelos todas sus concepciones sobre la ley mosaica.  Era una repetición de los argumentos más contundentes del mismo Jesús. Por esto se produjo también una excitación de pasiones parecida a la que excitó la predicación de Cristo.
Ciegos de cólera los escribas y fariseos, aprovechan una ocasión propicia y acometen violentamente al ardiente predicador Esteban, lo hacen comparecer ante el sanedrín bajo la terrible inculpación de blasfemia , la misma que se presentó contra Cristo , y tiene lugar aquel simulacro de proceso urdido por la saña mas cruel.
En esa ocasión, y ante los requerimientos de sus acusadores, pronunció ESTEBAN el valiente discurso que nos ha transmitido el libro de los Hechos, sin arredrarse nada por la ira que veía dibujarse en el semblante de sus oyentes y las trágicas consecuencias que podía prever.
Así había respondido el Maestro al pontífice Caifás, allí presente ahora con la afirmación rotunda de su divinidad, aunque sabía que eso podía constarle la vida.
No es difícil imaginar el efecto que produjeron en aquellos soberbios escribas y fariseos las vehementes acusaciones con que ESTEBAN termina su discurso:
“Hombres de dura cerviz, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo;
como fueron vuestros padres, así sois vosotros ¿a que profeta no
persiguieron vuestros padres? Ellos son los que mataron a los que
preanunciaban la vendida del Justo, que vosotros acabáis de
entregar y del cual habéis sido homicidas, Vosotros que recibisteis
la ley por ministerio de ángeles y no la habéis guardado” (Hch. 7, 51-53).
El resultado fue inevitable. Al oir esas cosas, ardían en cólera su corazón y crujían los dientes contra ESTEBAN (Hch. 7,54) y sin poderse contener, clamaron con gran gritería y todos a una arremetieron contra ESTEBA y arrojándolo fuera de la ciudad, lo apedrearon (Hch. 7, 56-57).
Escena trágica y al mismo tiempo sublime, solocomparable con la del Calvario.  Incluso encontramos aquel precioso rasgo de que ESTEBAN ya moribundo, elevaba su oración a Dios pidiendo por sus verdugos.
Fue el eco más glorioso de la oración de Cristo en la cruz: “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc. 23,24).
De esta manera murió el Diácono ESTEBAN,  primicia de aquellas huestes de héroes del cristianismo primitivo y de todos los tiempos.